la pluma de la unidad

La Pluma del Conocimiento

 
 

 

Vahíd

'El Incomparable'


 

Siyyid Yahyá-I-Darabí, llamado Vahíd, nació en la aldea de Daráb cerca de Shiraz, dentro de la provincia persa de Fárs.

Su familia era de noble linaje. Su padre, Siyyid Ja’far, era descendiente del Profeta Muhammad y a la vez un personaje muy reconocido por su carácter piadoso y su amplia cultura, especialmente dentro del campo filosófico y religioso.

La familia de Vahíd era además poseedora de una vasta riqueza. Las pertenencias se extendían a tres palacetes... amoblados con mucho lujo.

De niño, Vahíd dio a sus parientes sorprendentes muestras de haber heredado las cualidades de su progenitor. Siendo ya joven, ganó el respeto y la admiración que le eran deparados a su padre.

Abdu’l-Bahá ha dicho de él que “había memorizado no menos de 30,000 tradiciones... Había alcanzado renombre universal en Persia y su autoridad y erudición eran ampliamente reconocidos”, tal es así que el Sháh y su primer ministro lo tenían en tan alta consideración que le confiaron una misión de prestigio, la misma que le permitiría su acercamiento a la nueva Causa de Dios, y Vahíd que por entonces contaba con 35 años llegó a ser uno de los discípulos más amados del glorioso Báb. 

El revuelo que causó la aparición de las enseñanzas del Báb prendió una chispa de cuestionamiento a los principios fundamentales de la vieja ortodoxia musulmana, cuyos exponentes consideraron de primer momento detenerla a costa de cualquier esfuerzo y recurso.

Muhammad Sháh eligió a Vahíd de entre todas las personas de su confianza, para que se dirigiese a Shiraz, el centro de la floreciente Fe e investigue la naturaleza y los alcances de la Revelación del Báb.

Vahíd partió a Shiráz a fin de obtener la información necesaria de la misma Fuente, teniendo que emitir un informe final al soberano. La primera audiencia se realizó en la casa del tío del Báb, aquí le formuló las preguntas más intrincadas que había preparado de antemano. Tenía en mente encontrar algún punto débil; pero la respuestas que obtuvo trastocaron en humillación el insulso orgullo con que había ingresado a la reunión. A pesar de haber sentido su inferioridad ante la Magnificencia del Báb prometió volver. Esta vez, para formularle preguntas sobre temas teológicos; pero para su sorpresa estando en presencia del Báb y cuando se disponía a realizar el interrogatorio encontró que había olvidado completamente las preguntas y para su mayor asombro, el Báb empezó a explicar ampliamente sobre cada una de las cuestiones que se proponía formular.

Preso de una gran confusión, ante tal muestra de poder del Báb decidió retirarse para poner en orden sus ideas.

Ya a solas pensó: “en mi tercera entrevista con el Báb, en lo más íntimo de mi corazón le pediré que revele un comentario sobre el sura de Kawthar. Decidí no mencionar esta petición en Su presencia. Si El sin que yo se lo pidiera revelase el comentario en un estilo que distinguiera de los estilos prevalecientes, comunes entre los comentaristas del Corán, estaría convencido del carácter divino de Su Misión y sin vacilaciones abrazaría Su Fe, de lo contrario, rehusaría reconocerlo.  En cuanto entré a Su presencia, un sentimiento de pavor, para él que no hallaba explicación, se apoderó, repentinamente de mí.  Mis miembros temblaban mientras contemplaba Su rostro. Yo, que en repetidas ocasiones había permanecido en presencia del Sháh y jamás había mostrado huella de timidez...ahora estaba sobrecogido e impresionado que no podía permanecer erguido sobre mis pies.

El Báb al ver mi condición, se levantó de Su asiento, se acercó a mí y tomándome de la mano me sentó a Su lado.

-                    ‘Busca de Mí, dijo, ‘cualquier cosa que desee tu corazón. Yo te lo resolveré’

Estaba mudo de asombro...Sonrió mientras me miraba y dijo:

-                    Si yo revelara para ti el comentario sobre el Sura de Kawthar, ¿reconocerías que Mis palabras nacen del Espíritu de Dios? ¿Reconocerías que en ningún momento Mis palabras pueden ser atribuidas a nigromancia o magia?

Las lágrimas corrían de mis ojos cuando le oí decir estas palabras. Todo lo que pude decir fue este versículo del Corán: ‘¡Oh nuestro Señor! Hemos procedido injustamente con nosotros mismos; si Tú no nos perdonas y tienes piedad de nosotros, seguramente seremos de los que perecen’.

Era aún temprano en la tarde cuando el Báb pidió a Su tío Hají Mirzá Siyyid Alí que le trajera Su caja de plumas y papel. Entonces empezó a revelar Su comentario ...Los versos fluían de Su Pluma con una rapidez asombrosa ...  Estaba tan encantado por su belleza que en tres ocasiones estuve a punto de desmayar. Trató de fortalecer mis debilitadas energías rociándome en la cara agua de rosas. Esto resplandeció mi vigor y me hizo posible continuar escuchando Su lectura hasta el final”.

Vahíd entonces había abrazado la Nueva Fe.

Cumplió con su obligación de dar a conocer a la corte imperial un informe, con las experiencias que había vivido en presencia del Báb. Pero él ya no regresó. Comprendió de inmediato y a cabalidad la grandeza de la Causa que había abrazado y con la misma facilidad desechó su alta posición y se convirtió en uno de lo más elocuentes, eruditos e iluminados maestros viajeros de la Fe. Como consecuencia, despertó el odio y celo de los fanáticos musulmanes quienes no cesarían hasta martirizarlo en el poblado de Nayríz.

El cuerpo inerte de Vahíd fue sometido a la más humillante barbarie. Le fue cortada la cabeza, luego de haber sido asesinado a pedradas, cortaron su piel y su cráneo lo rellenaron con paja  y  se lo enviaron al príncipe de Shiráz como trofeo de guerra, era el 29 de junio de 1850. 

 

(Resumido del libro “El Concurso en lo Alto” de Boris Handal Pág.109-114)

 



 

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